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El cine: esencial para la vida urbana

Por Daniela Martínez Garza

A través del concepto de espacio urbano del cine, la investigadora Kassandra Sifuentes Zúñiga analizó el cierre temporal de las salas cinematográficas en Monterrey en 1958 como una interrupción en la producción social, en una conferencia titulada “El día en que Monterrey se quedó sin cines”, enmarcada por la Escuela de Verano UANL 2026.

La presentación, realizada en Sala de Proyecciones Cinema Fósforo del Colegio Civil Centro Cultural Universitario, expuso este breve episodio en la ciudad considerado no sólo como un hecho administrativo o económico, sino como un acontecimiento que alteró prácticas espaciales y formas de sociabilidad.

Kassandra Sifuentes planteó la palabra cine tanto como un fenómeno social y una configuración espacial, explicando que “el ir al cine no solamente es ir a sentarse a ver una filmación o una película, implicaba desplazarse por la ciudad, era toda una cuestión rutinaria, ver la cartelera, convocar a la familia y amigos, hacer toda una bitácora de lo que íbamos a hacer y desplazarse.

“El cine se convirtió en este núcleo para concentrar a los grupos sociales y reunir a las familias en general, organizaba nuestro tiempo y estructuraba también toda una geografía simbólica de la ciudad”, apuntó la especialista en historia del cine.

Estos puntos de encuentro como el Cine Rex, Florida, Bernardo Reyes, Lírico, Encanto y Elizondo estaban en producción continuamente por su papel en la vida social mediante las prácticas y costumbres. 

Sobre esto, la conferencista resaltó que los cines “estaban organizados, pero también eran espacios vividos, o sea, eran apropiados por los públicos. Mantenían rutinas específicas en cada sala y había diferentes formas de socialización”. Cabe destacar que “fueron espacios que las empresas concibieron como factor económico, regulados por parte de los estados y arquitectónicamente organizados”. 

Durante la década de 1950, el impuesto al espectáculo cinematográfico se configuró como un eje de fricción: No se trataba originalmente de un impuesto federal directo, sino de un ingreso propio del municipio.

En 1958, el Ayuntamiento de Monterrey anunció un incremento del impuesto de exhibición que podía alcanzar el 50%. El grupo de empresarios de las compañías Operadora de Teatros y Cadena de Oro intentó esquivar el impuesto a pesar de la presión institucional y mediática. La tesorería notificó a las empresas que tenían que pagar los impuestos antes del día 15 de febrero.

Las compañías no lograron cumplir con el pago en su totalidad, por consiguiente se procedió a realizar un embargo de las salas y la retención de equipo de proyección, productos de dulcería y cajas fuertes.

“El 17 de febrero por la noche, aproximadamente a las 7 u 8 de la noche, había 14 personas en los portones del cine Elizondo, Palacio, Encanto, Araceli, Alameda, Reforma, Florida, Lírico, Rodríguez, Bernardo Reyes, Maravillas, Monterrey, Rex y Edén, y al mismo tiempo, forzaron los candados y abrieron para comenzar a embargar las salas de cine”, relató la historiadora.

Esta cuestión fiscal que también puede traducirse en un conflicto no solamente administrativo, sino político-territorial, resultó el 18 de febrero en la suspensión de labores ordinarias en 14 salas de cine: “Estas salas, si las situamos, estaban en el centro de la ciudad. El conflicto impactó directamente en el espacio urbano.  El cine no era solamente una infraestructura, sino una práctica cotidiana que articulaba tiempo, trayectorias y encuentros. El centro perdió a uno de sus principales activadores”.

La solución llegó rápidamente, presentada en la firma de un convenio, en el que se estipulaba que las empresas iban a pagar solamente una parte en pequeños pagos hasta el mes de marzo y así saldar sus deudas. Posteriormente, los cines volvieron a abrir al público el 19 de febrero por la tarde.

Como conclusión, la maestra Sifuentes señaló la importancia del estudio y conocimiento de este caso, ya que nos “permite comprender como decisiones económicas y políticas inciden directamente en la configuración simbólica de la ciudad y en el aspecto cultural, además de entender la fragilidad de los espacios culturales ante estas decisiones”.

 

Kassandra Sifuentes Zúñiga

Doctorado en Filosofía con acentuación en Estudios de la Cultura, Facultad de Filosofía y Letras, UANL (en curso). También posee la maestría en Ciencias de la Comunicación por la Facultad de Ciencias de la Comunicación, UANL (2019–2021). Es Miembro de la Red de Investigadores sobre Cine Latinoamericano (RICILA) y Miembro del Seminario Permanente de Análisis Cinematográfico – Asociación Mexicana de Teoría y Análisis Cinematográfico (SEPANCINE), así como de la Asociación Argentina de Estudios sobre Cine y Audiovisual (AsAECA) Sociedad Nuevoleonesa de Historia, Geografía y Estadística, A.C.

 

Foto: Yamin Martínez